Jaqui (de Jacobo) era uno de los mejores camareros
que trabajaron en Casa Lac mientras nosotros estuvimos allí. Era trabajador,
aprendía rápidamente, era discreto, inteligente, elegante e incluso guapo.
Mis padres siempre dicen, cuando le recordamos, que
podía haber llegado donde hubiera querido. A mí me trataba muy bien. Nos
veíamos a diario pero sobre todo los fines de semana, cuando yo bajaba al
"Office" (la palabra española es “antecocina”) a ayudar fregando los
platos. A él le venía bien y a mí me gustaba mucho su compañía.
Tenía un tatuaje en la mano, tres puntos verdes en
un lugar poco discreto, en el pellejo que hay entre el pulgar y el índice. Si
hubieras unido esos puntos con tres líneas te habría salido un triángulo
equilátero.
En una época para mí de grandes inseguridades Jaqui
fue un apoyo y, en aquellos tiempos, a los doce o trece años, no andaba sobrado
de apoyos precisamente.
Un día le pregunté qué significaba el tatuaje y él
me dijo “Es contra la policía”. No quise sabe más.
Otro día llegó al trabajo con una mano vendada,
había tenido una pelea y le habían dado un corte con una navaja. La cosa
parecía ponerse fea. Habíamos acabado el servicio y bajamos a la cocina juntos a cenar
algo y le pregunté con quién se había peleado, me dijo que “Con unos amigos”...
Me asusté bastante por el tono sarcástico con que lo dijo... A continuación,
viendo mi expresión un tanto turbada, Jaqui me dijo “Quique, ¿tú qué
preferirías en una pelea, un cuchillo o una sartén?”. “Un cuchillo, claro”, contesté.
“Vale”, dijo él, “coge el cuchillo más grande que haya”. Yo lo cogí y él a su
vez, con la mano izquierda, que era la que tenía sana, cogió una sartén de
tamaño medio y me arengó “Venga, Quique, ¡atácame!”. Yo hice un ligero ademán
de atacar y él, entonces, le dio un sartenazo al cuchillo que cayó al suelo....
“¿Ves?, es mucho mejor una sartén. Además con el cuchillo hay que acertar para
hacer daño, pero con la sartén... Ahora mismo, si te sacudo, te pegue donde te
pegue, te hago un daño del copón”.
Pronto conocimos a su nueva novia, una chica
pequeña, con una larga melena rizada de color castaño, que siempre llevaba
faldas largas y medias de rayas. Fumaba y mascaba chicle a la vez y a mí no me
gustaba nada. Aparecía antes de abrir el comedor y alguna vez los vi besarse
ardientemente (aunque ellos no me vieron a mí). Parece, siempre según mis
padres, que fue ella la que le metió a Jaqui en las drogas, pero yo siempre he
pensado que los dos eran mayores.
Llegó el verano y, cosa rara, cerramos el
restaurante y todos nos fuimos de vacaciones. Cuando volvimos a mi tía Berta,
que vivía allí, en Casa Lac, le habían robado la tele y el vídeo. Habían
accedido al bar retirando los embellecedores de latón que cubrían los huecos de
ventilación que tenía el edificio a pie de calle. Parecía que a los ladrones no
les había costado mucho arrancarlos de la fachada y eso, unido a que en un
edificio de siete plantas solo faltaran la tele, el vídeo, que estaban en el
cuarto piso y algunas botellas del bar, hizo pensar a la policía que alguien se
había dejado preparada la entrada “desde dentro”.
Mi tía y mis padres lo tuvieron claro y hablaron con
Jaqui... “Mira, sabemos que has sido tú, además hay huellas. Si devuelves la
tele y el vídeo retiraremos la denuncia”. La tele y el video aparecieron y,
como es lógico, Jaqui desapareció y ya no lo volví a ver.
Fue muchos años después, mientras comíamos en el
bar, la familia, después de servir las comidas, cuando pregunté por él. “¿Os
acordáis de Jaqui? Sí, sí, ¿qué habrá sido de él, verdad?...” Entonces mis
padres me lo contaron: “Pues Quique, Jaqui estuvo en una granja rehabilitándose
y estuvo unos años bien, pero luego volvió a las drogas y se murió el pobre de
una sobredosis”. Me quedé perplejo y me dio mucha pena la noticia. “¿Cómo no me
lo habíais dicho antes?” “Bueno, nos daba pena que te enterases, eras muy joven”.
La verdad es que aunque me enfadé un poco, en el fondo les agradecí que me lo
ocultaran... Algún tiempo.
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