La forma en que la mayoría de los antiguos intelectuales hablaban de la guerra es indigna. Da igual, como ocurre en la forma en que hablaban de las mujeres, que estuvieran en otra época: una matanza es la misma en todas ellas. Deberían haber sido suficientemente inteligentes, valientes, buenos y dignos como para condenarla, no como Aristóteles que anduvo de campaña militar con el asesino de masas Alejandro Magno (lo de Magno habría que cambiarlo por psicópata al menos) y Leonardo Da Vinci, que diseñó multitud de máquinas de guerra y otros tanto que arengaron a las masas.
A esto se me dirá que la guerra hizo que se inventaran muchas cosas y que produjo avances que hoy son útiles, desde las conservas y las camisetas interiores, los avances en la cirugía con la anestesia para las amputaciones y la cirugía estética para los rostros deformados por las heridas, las carreteras, etc. Pero todas estas cosas se podrían haber creado para realizar otros fines, como exploraciones y experimentos científicos, por ejemplo, y sobre todo poniendo los objetivos no en la conquista sino en el progreso y sin matar, mutilar y traumatizar a toda la población mundial a lo largo de toda la historia.
En fin, estos fueron nuestros intelectuales y científicos y políticos, y así lo seguimos pagando.