El desinterés de los jóvenes no tiene nada que ver con los diferentes objetos de interés que se ponen a su alcance, sino con lo contrario, con que nunca se les ha expuesto al vacío, al aburrimiento, en el que uno explora su interior, sus propias capacidades imaginativas, en el que uno busca no un entretenimiento, sino muchos, hasta que encuentra uno que se convierte en su pasión, sea este la lectura, la música, el caminar, el conversar, pintar, escribir, fotografiar, etc.
Al ofrecerles continuos estímulos a los niños se evita que estos encuentren los suyos, y así todo lo presentado se convierte en una masa que nunca llega a entretener por ser ajena.
De esta forma se destruye la curiosidad de las personas atiborrándolas de actividades y de objetos sin sentido propio para ellas.
Sería mucho más efectivo que los niños vieran a sus padres leer, jugar al ajedrez, tocar un instrumento musical, pero para eso, para encontrar padres así en más hogares habría que retroceder en el tiempo unas cuantas generaciones.
Hoy día la gente ya ha sido educada durante mucho tiempo en este fomento del desinterés, y las personas son desinteresadas, en el sentido de que andan vacías de interés, de curiosidad, y esto sí que es un problema tremendo.