Nos molesta más el ruido que se puede evitar. No se soporta de igual manera el follón de una obra necesaria para mejorar las aceras de nuestra calle, que el de los vecinos de arriba, que se empeñan en arrastrar los muebles de la cocina, para barrer las migas del desayuno, a las siete de la mañana, quitándonos una hora de sueño a diario, pues esta molestia podría eliminarse fácilmente.
Si habláramos con nuestros vecinos al respecto y no hicieran nada, y nos siguieran despertando a diario con los chirridos de sus muebles, consideraríamos esta actitud una falta de buena vecindad y de respeto.
Con la desigualdad pasa lo mismo, si uno es más o menos fuerte, hábil, listo, alto, guapo que su hermano, considera estas cosas simples diferencias, e incluso, hasta cierto punto la diferencias pueden llegar a denominarse diversidad. Esto, salvo a algún envidioso, no suele perturbar a nadie, es algo inevitable, e intentamos por tanto no solo asumirlo, sino sacarle partido, compartiendo en lo posible, las diferentes cualidades y pertenencias de cada cual.
Que un pequeño porcentaje de la población mundial acapare la mayor parte de la riqueza mientras una gran mayoría, posee lo justo, o directamente pasa calamidades, esto deja de ser una diferencia inevitable para convertirse en una injusticia terrible, porque no solo es algo cruel y evitable, sino que es una inmoralidad que se da por el mero hecho de acumular, de gastar en bobadas horteras el pan de la humanidad.
Seguramente en el caso de los vecinos podríamos ejercer algún tipo de presión, ya que se acuestan pronto, podríamos aporrear con un palo, cada media hora, a partir de las diez de la noche todo el techo de la casa, para asegurarnos de que si nosotros no dormimos en paz ellos tampoco puedan hacerlo, el respeto hay que cultivarlo. ¿ Pero qué hacer en el caso de los multimillonarios que andan haciendo el memo con el dinero que otros necesitan para subsistir?
No puede el autor recomendar el lanzamiento de cocteles Molotov o de bombas Orsini al paso de sus coches, pues esto sería ilegal y de muy mal gusto, y además no serviría de mucho, pues la seguridad nos "abatiría" al momento y los blindajes salvarían a los lelos. Poco podemos hacer al respecto, eso está claro, pero sí que podemos no ensalzarlos, no ponerlos a nuestros menores como modelos, explicarles a nuestros niños, que eso que ven ahí no es un multimillonario, sino un imbécil, que Napoleón no fue un genio militar, si es que esto puede llegar a existir, sino un asesino de masas que empezó veintisiete guerras y que arrasó medio mundo por querer llegar a ser alguien, que el querer ser superior es un signo inequívoco de inferioridad, y que una buena vida no es andar destruyendo al prójimo y hacer el idiota constantemente, y también, y esto sí debería ser efectivo, si llegáramos a hacerlo, ejercer nuestro poder sobre el mercado comprando lo justo y necesario y dejando de adquirir las inutilidades que les hacen ricos, para que al no vender tantos móviles, por ejemplo, las empresas se vieran en la obligación de invertir en cosas que realmente nos hicieran más fácil la vida, la nuestra, y no las suyas.
El lujo es una horterada y todo lo innecesario es o acaba siendo perjudicial, para cada uno de nosotros como individuos y como comunidad.
Ya sé que predico en el desierto, pero esto último, como lo anterior, es otra cosa que no me perdonaría dejar de hacer.
Fotografía, autor Carlos Capote https://www.flickr.com/photos/carloscapote/2613837588/
Este archivo se encuentra bajo la licencia Atribución-CompartirIgual 2.0 Genérica de Creative Commons de Wikipedia
