lunes, 1 de marzo de 2021

Historias de camareros II (110- 115)

Historias de camareros 110 "La mesa de treinta"

Llego al bar y me llama el jefe:

—Quique —me dice con gesto desencajado.

—Dime, jefe.

—Acaba de estar una señora que quería una mesa de treinta.

—No nos cabe.

—Eso le he dicho.

—Tampoco habrá querido poner dos mesas.

—Por supuesto que no, quería una mesa en U.

—No jodas, y en una mesa en U no le parece que esté la gente lejos, claro, ni le parece mal que la gente del interior de la U se dé la espalda. Además, si cascáramos una U en este local con forma de L, cortaríamos el bar en dos, tendríamos una barrera y no podríamos pasar a la zona de la barra, ni la gente de la barra podría ir al baño, ni siquiera la gente que se sentara en el exterior de la U podría pasar al otro lado.

—Ya, ya, ya le he explicado todo eso, y también que en dos mesas de quince estarían más cerca —continúa el jefe.

—Lo de que los camareros no podamos pasar para llevarles los platos, ni más agua, ni pan, ni sal, ni palillos, ni los postres, ni los cafés cortos o largos, ni los descafeinados con estevia y unas gotitas de coñac, ni las copas, ni nada a ellos mismos no le ha parecido importante.

—No, no, lo importante es que sea en la misma mesa, lo demás es accesorio.

—Pero sabe que la mesa es para cenar, ¿no?

—Eso creía yo, al final ha dicho que iba a buscar en otro sitio en el que cupieran todos juntos en una mesa. A la próxima que diga lo de la U, me dice, le voy a decir muy serio que podemos ponerlos "en arco".

—¿En la feria de arte moderno?

—Jajaja, no, no, "en arco", como en un arco del triunfo, colgados de las paredes para que podamos pasar por debajo.

—Jajajaja, pues, oye, si tiene que ser en la misma mesa, los colgamos con arneses y asunto resuelto.

—Tendré que ir al Decathlon y al Leroy Merlín a por material para instalarlos.

—Jefe, me parece a mí que esta instalación sí que nos la admiten en ARCO, a ver si podemos salir de la hostelería.

—Dios te oiga.

—Dios y San Pascual Bailón y San Babil de Antioquía.

—Sea.

—Sea.

Y dicho esto, comenzamos el servicio pensando en la cantidad de tiempo y energía que se pierde en intentar explicarle a la gente cosas tan obvias como que para poder servir una mesa tenemos que poder llegar a ella.

Ay, ay, ay, ya están encima las cenas de empresa y las reuniones navideñas. Ay, Diosito, la mongolada que nos has dejado organizar a los humanos con la Navidad. Si algún día me llevas a tu diestra, voy a querer que me expliques muchas cosas.

Seguiremos informando, un abrazo y salud.


Historias de camareros 111 "Hace un año"

—Camarero.

—Dígame, señora.

—¿Esto es una croqueta?

—Pues no, es un pimiento relleno de merluza.

Yo digo que estas cosas pasan porque hay luna llena. Mi compañera Rosa dice que nos están grabando como en El show de Truman.


Historias de camareros 112 "La gaseosa"

Queridos amigos, esta tarde, estábamos Rosa y yo dando las comidas cando esta se me ha acercado y me ha dicho:

—Quique, ¿y esa señora que se acaba de meter una botella de gaseosa sin empezar en el bolso? Pero ¿qué sinsentido es ese? Pero ¿qué mongolada es esta? Pues si no le ha gustado tomársela en el bar ¿para qué se la lleva a casa? 

Yo no he sabido qué contestarle y hemos calificado este hecho como un misterio muy misterioso, que no hemos podido resolver ni con la ayuda de Rosi, que ha llegado ya en el turno de noche. Rosa nos ha contado que ha llamado una señora para saber qué menú del día íbamos a dar el martes, ella le ha explicado que el menú del día del martes lo sabríamos el martes, que era cocina de mercado y que eso era lo bueno, el que fuera cambiando según lo que el cocinero encontraba de mejor calidad. Aun así, la señora, una maniática del control, no ha consentido no saber lo que iba a comer dentro de cinco días y no ha reservado una mesa.

Y eso que Rosa le ha dicho:

—Pues un menú con legumbre, verdura, pasta, arroz, carne y pescado, cinco primeros y cinco segundos a elegir, más costilla, entrecot o chuletón. Para postre alguna tarta, algo de cuchara: arroz con leche natillas o yogur, varias frutas del tiempo a elegir, lo que por 11,50 euros está muy bien.

—Pero exacto, exacto, no lo saben.

—No, señora, no lo sabremos hasta el mismo día, como ya le advertimos la semana pasada, cuando también quiso venir al menú, pero no pudimos tampoco dárselo con antelación de días porque tampoco lo sabíamos. Por eso el menú de día, vuelvo a insistir, se llama así, "menú del día", no de la semana anterior al día, ¿comprende?

La señora no ha quedado muy satisfecha. Y en comentar esto estábamos, cuando ha llegado una mesa de tres personas que pretendía sentarse a una mesa montada para veinte que había para una cena de empresa, porque en ella había "más luz" .

—¿Y qué hacemos con los otros veinte comensales que han reservado mesa hace tiempo cuando vean que hay tres monguers es su mesa, porque en ella había más luz? —he dicho.

En fin, cada día el mundo me resulta menos comprensible, cualquier día me cojo la guitarra y me vuelvo a tocar por la calle, o mejor, a tocar por la costa, como hice hace décadas, canciones de los Panchos y de la Pradera.

Esto no ha hecho más que empezar; Espíritu Santo, estés donde estés, socórrenos, que no se te ve ocupado y se ve que tienes mano con Diosito. Por favor, no nos dejes caer en la tentación de sacudirle a alguien con la bandeja de acero inoxidable ni nos dejes caer tampoco en el infarto masivo, y líbranos del resto del mal.


Amén

Historias de camareros 113 "El convertible"

Esta misma mañana estaba con Rosa dando las comidas, y en la mesa cinco he tomado nota de los postres y de los cafés. Rosa, que se ha dado cuenta, me ha dicho:

—Quique, ¿te voy poniendo los cafés?

—Ay, sí, gracias, son dos solos, uno de ellos en vaso de cristal, y un cortado.

Me he ido a llevar los postres y luego ha ido Rosa con los cafés. Ya me había olvidado del tema cuando he visto que venía Rosa a la barra, donde estaba yo, y me ha dicho:

—Madre mía, voy a la cinco y me dice el señor del solo en vaso: "¿Me podría convertir este solo en capuchino?", y me he atemorizado tanto que le he dicho que no y me he ido corriendo.

—Pero ¿qué quería, que se lo cambiaras? 

—No, no, eso me ha dado tiempo a preguntárselo, le he dicho: "¿Se lo cambio, entonces?", y él me ha contestado que no, que se lo "convirtiera", así que le he dicho que no teníamos cacao y que no iba a ser lo mismo y ahí lo he dejado.

—Pero ¿quería un capuchino mini, entonces?

—Quique, no lo sé, ni quiero saberlo, y además nunca lo sabremos, porque mira, parece que acaban de pedir la cuenta.

—Menos mal que ya se van.

—Sí, sí, menos mal.

Después ya por la tarde han pasado más cosas, claro, pero no vamos a contarlo todo hoy, no hay que contarlo todo de golpe, de la misma forma que no hay que saberlo todo, porque saberlo todo tiene que ser un sinsentido espantoso.

Hay verdades y realidades paralelas, como las realidades de los cafés convertibles, a cuyo abismo nos hemos asomado hoy Rosa y yo por primera vez, que es mejor desconocer por completo, y más en este caso, en el que hay indicios que sugieren que la física cuántica podría estar llegando al humilde territorio de los cafés, y que uno solo en vaso de cristal podría estar al mismo tiempo en un lugar y en otro, y tener diferentes entidades y ser, a la vez, el solo en vaso de cristal y andar por este triste mundo convertido, al mismo tiempo, en un mini capuchino inaprensible, e incluso tener varias advocaciones, como Nuestra Señora la Virgen María, que puede ser la Virgen de la Peña y la Virgen de Sonsoles y la de Guadalupe y muchas más a la vez, y eso, queridos amigos, es ya demasiado para dos honrados camareros que sólo aspiran a acabar los servicios para poder ir a echarse un café, una siesta, o lo que quiera que toque, si es que alguna vez llega a tocar. 

Por el amor de  Dios, dejemos la física cuántica en los laboratorios del C.E.R.N., las transubstanciaciones en los templos, y los cafés quietecicos en las cafeterías con sus apariencias y nombres normales, hasta donde esto sea posible, o muchos camareros morirán de síncopes horripilantes dentro de unas nebulosas cafeteras cuánticas de proporciones inimaginables.

Un abrazo enorme a todos, amén.


114 “El camarero malo retirado y viejuno”

Llegó la hora de las cenas del sábado, estamos completos y se presentó una de las reservas de seis que teníamos.

—Seremos uno más; no hay problema, ¿verdad? —me dijo la amabilísima señora que todos los sábados se encarga de reservar una mesa de seis en nuestro restaurante.

—Pues me temo que sí —le contesté—, no sé ni si vamos a tener silla, además, justo en esta mesa, si pusiéramos un cabecero, nos cortaríamos el paso hacia este trozo de la barra —le digo señalando al cartel de "reservado camareros".

Mientras hablaba con la señora, un señor mayor y enorme, que formaba parte del grupo, cogió una silla de otra mesa, en la que hacía falta, la colocó justo en el cabecero de la mesa y se sentó en ella con su par. Inmediatamente Rosa se acercó y le dijo:

—Lo siento, señor, aquí no se puede sentar, tendrán que apretarse un poco en el banco, porque tenemos que pasar justo por donde está sentado usted.

—Pero queda un hueco.

—Sí, pero resulta que yo soy de cadera ancha y no quepo.

—Pues yo he trabajado muchos años en la hostelería y pasaba por huecos más pequeños que este —dijo el tipo apoltronado y sin intención alguna de moverse.

—Haga lo que quiera, señor —le dijo Rosa—, pero si no podemos pasar, no le podremos servir.

Al cabo de un rato, cuando fui a tomar las bebidas, vi que el señor había hecho caso a Rosa y se había sentado en el banco, donde tampoco estaba tan mal, pero había dejado la silla con los abrigos en el mismo sitio. La silla no ocupaba tanto como él, que era muy grande, pero parece que este señor era de los que sale a montarlas, como pude comprobar muy pronto:

—¿Qué van a tomar? —pregunté.

Todos me fueron diciendo sus bebidas en orden y con educación, y cuando llegué a su parte de la mesa, tomó la palabra y me dijo:

—Nosotros tres queremos tres copas de vino, pero no una botella —especificó—, no vaya a equivocarse.

Así que apunté en mi libreta "copa de vino III" para señalar lo que me había pedido.

Cuando llegué con los vinos me dijo:

—Oiga, oiga, se ha equivocado usted, le he pedido una botella de vino y no tres copas.

—Pues fíjese —le dije enseñándole mi libreta—, aquí pone copa de vino, que es lo que me ha pedido y luego tres palos, ¿ve?

—Pues se habrá equivocado usted.

—Puede ser pero es raro, porque tengo un oído finísimo y, además, este truco es muy muy antiguo, casi tanto como las bandejas de aluminio. ¿Se acuerda usted de las bandejas de aluminio y de los bandejazos que se podían dar con ellas?

—Sí, sí, ya lo creo, alguno di también.

—Pues ya sabe lo que dice el refrán: “Donde las dan, las toman”.

—Esa bandeja es de plástico.

—Sí, pero tengo una guardada para ocasiones especiales, y además si no la encuentro, anda que no hay sartenes en la cocina —le espeté dejándole con la palabra en la boca, mientras me iba a por la botella de vino.

Parece que mi amenaza medio velada surtió el efecto deseado, y el resto de la cena transcurrió sin más incidentes. Cuando se levantaron, me dirigí a la señora que había reservado la mesa y le dije:

—No sabe lo que siento no haberles podido acomodar mejor, es que, claro, no podemos expandir las paredes, ni ampliar las mesas, ni sacar sillas de la nada. Si hubiéramos sabido que eran siete con tiempo, les hubiéramos puesto en otro sitio, pero, claro, no podíamos levantar a otras personas de sus mesas con las cenas ya empezadas.

—Ay, no me diga eso, que han sido muy amables, y qué paciencia ha tenido usted, es que —me dijo susurrando—, se nos ha añadido uno a última hora.

—No me diga usted que ha sido el señor que protestaba por no tener sitio.

—El mismo. Ay, qué cruz, qué vergüenza nos hace pasar, ya nos disculpará, y ahora quiere ir a otro bar.

—No se preocupe, señora, siempre hay quien sale a enfadarse, menos mal que la mayoría de la gente sale a disfrutar.

—Pues es verdad, mucho ánimo, la semana que viene volveremos a vernos.

—Me alegro mucho, hasta la próxima si no es antes.

La señora rio y se fueron marchando.

Queridos amiguitos, no hagáis como el señor enorme y salid de casa a disfrutar de la vida y no a enfadaros, porque, aparte de hacer que algún camarero caiga en la tentación de golpearos con una bandeja de aluminio cogida a dos manos y descargada de plano sobre vuestras cabezas, con el daño que esto hace, y con lo que le aturde a uno no sólo el dolor, sino el estruendo que se le monta a uno dentro del cráneo semejante ruidera, avergonzaréis a vuestros acompañantes y no querrán quedar más con vosotros, y al final os deprimiréis, acabaréis faltando a misa y tras esto iréis al infierno. Desde el cielo, los camareros buenos, que somos la mayoría, os veremos sufrir los tormentos del fuego porque, como decía San Agustín muy cristianamente (y aquí puedo equivocarme de santo): "Uno de los grandes placeres de los justos es ver los sufrimientos de los pecadores en el infierno", o algo así.

Avisados quedáis, un abrazo y salud.


Historias de camareros 115 "Sin reserva"

Son las nueve de la noche de un sábado de diciembre y estamos llenos hasta la bandera en los dos turnos, el de las nueve y el de las diez y media; el follón es tremendo, pero lo estamos llevando, como siempre, bien, Rosa Alarcón, Rosi Roxi Casas y yo. Muy concentrados y con nuestra compenetración habitual, vamos como un tiro.

Se presenta entonces en la barra una manadica de gente de diferentes edades, mayores y niños, bastante grande, con una señora pequeña a la cabeza, que me dice:

—Oiga, oiga, camarero, mire, somos veinticinco, ¿tendríamos mesa?

—Pues no, señora, estamos completos. —Y no hay más que mirar al comedor para verlo.

—¿Y si nos juntamos un poquito?

—Pues no, completo es completo, señora, no nos cabe ni una persona más.

—¿Y en alguna mesa que tengan escondida? Nos da igual comer cualquier cosilla, sáquennos lo que sea.

—Señora, esto no es como en las películas donde sacan una mesita para los dos protagonistas que llegan sin reserva y la colocan justo delante de la cámara para que la película continúe; no hay sitio. ¿Para qué nos guardaríamos una mesa escondida pudiendo llenarla? ¿Dónde podríamos esconder una mesa para veinticinco con sus veinticinco sillas?

—Bueno, bueno, está bien, ya buscamos otro sitio. ¿Nos podría decir dónde podríamos encontrar sitio?

—Pues señora, no tengo ni la más remota idea, ni creo que nadie la tenga, hoy es un sábado de diciembre, y estará todo a tope, y veinticinco personas son un grupo muy grande. Lo siento, señora, pero tengo que volver a atender a los clientes que han reservado mesa. Le digo dándole una tarjeta y rematando la jugada con un "llame para reservar la próxima vez".

La señora se marcha liderando la manadica y por fin puedo dedicarme a atender a la gente que está cenando, lo que ya es un trabajo enorme, y me olvido del tema, pero una hora después aparece la misma señora con una manadica parecida en número, y me dice:

—Oiga, oiga, camarero, mire, hemos dejado a los niños en casa y ahora somos quince. ¿Tendríamos mesa? En ese momento creo que voy a colapsarme por completo, mi cuerpo y mi mente se desvanecen, pasa por mi cerebro el recuerdo de haberles dicho a las compañeras que si me desmayaba me cubrieran la cabeza con un trapico de secar la vajilla y que no me reanimasen, y pienso: "qué bien, por fin voy a desmayarme y me pondrán el trapico y no me reanimarán hasta que acabe el servicio y así esto no me ocurrirá a mí", pero no me desmayo y, abandonado de nuevo por Dios, esta desventura me sigue ocurriendo, otra vez, a mí.

No puedo creer lo que oigo, ni imaginar cómo la señora ha podido convencer a veinticuatro personas para salir sin reserva un sábado, y después de comprobar lo absurdo de su maniobra, ha podido volver a convencerlas para volver a salir, esta vez "sólo quince", habiendo empaquetado a los niños en casa. Como esto tiene que acabar, le digo:

—Señora, no es no. Estamos completos, no hay mesa, ni antes había para veinticinco ni ahora para quince. El espacio es el que hay, ni podemos expandir el espacio, ni crear sillas y mesas de la nada, y, aunque lo hiciéramos, la cocina tampoco es infinita y tampoco podría dar de cenar a más gente de la que cabe en el local.

Dicho esto, y no creo que se pueda añadir nada más, me doy la vuelta y me marcho a atender a los clientes que cenan, mientras veo por el rabillo del ojo como la señora y sus secuaces abandonan el bar.

Más tarde, algo más tranquilo me pregunto: ¿Se puede cuantificar el daño que ha hecho la máxima "querer es poder"? ¿Por qué creía esta señora que insistiendo podría conseguir algo imposible? Si era tan fácil meter a veinticinco personas en cualquier sitio, ¿por qué no se quedaron los veinticinco en su casa y se hicieron cualquier cosilla para cenar los veinticinco?

Queridos amigos, ando muy despeluchao estos días pensando que sólo estamos a día 10, lo que quiere decir que todavía queda un mes de mongolada navideña extrema. Ayer mismo, un señor me preguntó si se podía quitar el queso de cabra y "todo el queso en general, incluso el gratinado" a lasaña de verduras y queso de cabra. ¿Por qué no puede aceptar la gente la realidad de las cosas, sus sabores y sus temperaturas normales? ¿Por qué tiene que intentar cambiarlo todo todo el tiempo?

En fin, me voy a comprar el calendario del Sagrado Corazón de Cristo nuestro Señor, que creo que es el que lleva el santoral más completo. San Pascual Bailón y San Babil de Antioquía me están fallando como escopetas de feria.

Por favor, rezad por que mis nuevos fichajes de santos me salgan buenos y me protejan de los monguers.

Amén.


 

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