Convertido por los años en un ser sin par, observo en mis paseos a los vagabundos que en sus nubes etílicas, sestean al sol de la mañana, tumbados en el césped de los parques, ignorando el zumbido de los insectos y compartiendo con ellos su destino.
Siento envidia de ellos porque ya no luchan y porque ya conocen su futuro: Un poco más de calor, un poco más de vino y de vida y después, con los primeros fríos, un último viaje al sur, o en su defecto un suave descenso por el río hacia el descanso eterno.
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