sábado, 15 de junio de 2013

El tonto del pito.

         Vivo en una calle pequeña de un solo sentido y la velocidad está limitada a 30 kilómetros por hora. En el suelo al principio de la calle hay una gran señal que así lo dice junto al dibujo que advierte que te puedes llevar por delante a un ciclista.
         Todos los días hay un tonto del pito que pasa a toda velocidad y el muy imbécil va pitando cada vez que se aproxima a un paso de cebra.

miércoles, 12 de junio de 2013

Los zapatos de Tomás (o como tuvimos que hacernos cargo del restaurante)

           Mis padres contrataron a Tomás, uno de esos camareros a la antigua, resabiados. Un perro viejo.
         Al principio, como siempre, todo fue bien, pero poco a poco el tipo aquel iba tomando confianza y más cañas cada día.
         La víspera del Pilar todo estaba a punto.

En las dos barras que poníamos abajo, quitando las mesas e instalando una segunda barra supletoria, estábamos Diego, Elena (mi hermana) y Silvia, que era amiga nuestra. Y en la planta de arriba estaba mi padre con dos camareros: Tomás y Lorenzo, que era amigo suyo.
         Tomás aquel día llegó totalmente borracho y estaba montando un lío en la cocina impresionante. Tomaba las comandas sin orden, todas a la vez y por eso la cocina estaba totalmente atascada.
         Cuando hay que dirigir un comedor hay que hacerlo siempre en colaboración con la cocina. Se puede tomar una comanda y preguntar “¿cómo vais?”. Si te dicen que agobiadas les pones algo de picar a los clientes y esperas cinco minutos a que empiecen a subir los platos de alguna mesa para “cantar” la siguiente comanda. Tomás, en vez de hacer esto, comenzó a gritar a las cocineras y a quejarse de lo lentas que iban mientras se sacudía una caña tras otra y las situación era cada vez más tensa, lo que atascaba todavía más la cocina.
         Subí a ver qué pasaba. En aquel momento mi padre le estaba diciendo a Tomás que se fuera a casa, que ya volvería por la tarde, entonces el tipo este montó en cólera y empezó a ir por las mesas diciéndoles a los clientes “mi jefe dice que estoy borrrrracho. ¡Que me haaaagan un análisis ahora miiismo!” y con un papel les decía “firme, firme aquí que no estoy borracho”. Todo esto lo decía a voz en grito y con la boca pastosa. Casi ni se le entendía.
         Por fin mi padre consiguió que se marchara a cambiarse y yo bajé a la cocina para ver si podía echar una mano aunque fuera fregando, para que la cosa se destaponara y allí encontré a Lorenzo, el otro camarero, que también se estaba quejando. Que si vaya cocina, que si sí que va lento esto, que la gente lleva mucho tiempo esperando. Yo le puse la mano en el hombro y la dije: “Lorenzo, por favor, suba arriba que la cocina está haciendo lo que puede y achucharlas no ayuda”. Entonces él se volvió y me dijo: “Me has empujado y a mí no me empuja ni Dios”. Tiró el paño que llevaba y se largó en aquel mismo momento.
         Por suerte Silvia había servido mesas y subió con mi padre y con Elena y entre los tres y con la cocina por fin tranquila sacaron el servicio adelante.
         Estábamos comiendo ya todos, agotados por la tensión, cuando llamaron para hacer una reserva. Entonces nos dimos cuenta de que el libro de reservas no estaba en su sitio. Lo buscamos como locos y lo encontramos entre los manteles sucios. Al abrir por el día doce de octubre para apuntar la reserva nos dimos cuenta de que el hijo puta aquel había arrancado las hojas de las reservas del Pilar y que, por tanto, no podíamos hacer reservas porque ni siquiera sabíamos las mesas que ya teníamos reservadas.
         Mis padres estaban deshechos, porque era el momento de más trabajo del año. Mi padre decía “pues nada, cerramos y a tomar viento”. Luego, con los ánimos más calmados, se decidió que ya no se cogerían más reservas.    Montaríamos el comedor de forma que nos pudiéramos adaptar a las reservas que fueran viniendo y Elena y Silvia se quedarían arriba con mi padre.  Lo hicieron entre los tres de maravilla, pero fue un Pilar durísimo porque las camareras eran novatas y nosotros abajo tuvimos que hacer todo el horario de once a cuatro de la mañana todos los días (recados aparte).
         No sé cómo sobrevivimos, pero después de hacer semejante heroicidad juramos que nunca volvería a entrar un camarero profesional en nuestro negocio. A partir de ese momento trabajamos solo con amigas o amigos de Elena o míos y todo fue de maravilla. Daba gusto trabajar allí y eso fue lo que le dio el carácter al sitio, las personas que trabajaron con nosotros. Inés, Silvia, la otra Silvia, Olga, Elena, Natalia, María Luisa, Javier, Carlos, Rafa, Eva... Seguro que me dejo alguno.
         Al cabo de unas semanas encontramos los zapatos de Tomás en el vestuario. Eran unos zapatos muy buenos y muy caros. No hay que olvidar que los camareros cuidan mucho los pies porque trabajan con ellos. Los bajamos a la cocina. Mi tía Berta no se lo pensó dos veces y dijo: “Pues estos zapatos ya se los daremos a Tomás cuando venga a firmar el finiquito”. Y añadió, “¿no os parece que la cuchilla de la máquina de cortar jamón está un poco vieja? Yo creo que habría que cambiarla, vamos a ver, a ver”. Y sacando los zapatos de la bolsa donde estaban puso uno en la cortadora y empezó a hacer lonchas  de zapato como de un dedo de grosor. Nunca he visto a nadie llorar de risa tanto. Cada vez que caía una loncha negra (fssssssslop, fsssssssplop, fssssssplop), Berta paraba porque no podía seguir de la risa y de las lágrimas que le corrían como ríos y le empañaban las gafas. Luego nos miraba, se secaba y volvía a la carga.
         Todos acabamos llorando de risa, desencajados y tirados por el suelo y la mesa de la cocina. Cuando acabó con el segundo zapato metió los trozos en la bolsa y dijo: “Hala, guárdalo para cuando venga el tío este. Ya le diremos que hemos convertido sus zapatos en calamares en su tinta”. La carcajada general fue tremenda. Creo que en ese momento soltamos toda la tensión que habíamos pasado en esos diez días.

         Tomás vino bastante avergonzado a firmar su finiquito y creo que mi padre tuvo a bien no devolverle sus zapatos.

martes, 11 de junio de 2013

Esquivando a la suerte

         Estaba mi abuela Isabel, que era la madre de mi madre, en Madrid el veintiuno de diciembre cuidando a una de sus hijas que estaba en un hospital porque le habían operado de un problema que tenía en un pie y salió a dar un paseo para despejarse un poco.
         La suerte le llevó a la Plaza Del Sol y, de repente, se encontró por arte de magia en la cola de Doña Manolita. “Pues ya que estoy aquí voy a comprar un número” y se puso a la cola.

domingo, 9 de junio de 2013

La Fiesta

Me hice cargo de la barra del bar de Casa Lac y lo primero, cuando llegaron las fiestas del Pilar, fue ampliar el horario y cambiar el ambiente por la noche para poder tomarnos unas copas con los amiguetes que quisieran venir. El primer año con mi gran amigo Diego H. estuvimos varias semanas grabando unas cintas de casete de 90 y de 120 para la ocasión.
         Por el día mi madre nos obligaba a poner unas cintas terroríficas de salsa que también nos había obligado a grabar (nunca entendimos qué tendría que ver la salsa con las fiestas del Pilar) a las que sobrevivimos no sé muy bien cómo.
         Seguramente aguantamos las diez o doce horas de inmersión caribeña porque luego, a las doce de la noche, retirábamos las banderillas de vinagre, los tacos picantes y los pinchos de tortilla, bajábamos la luz, nos maqueábamos lo que podíamos y nos tirábamos hasta las tantas dándole a las copas todo lo que podíamos.
         La primera vez que montamos aquello a los otros habitantes del edificio no les debió de sentar muy bien, porque empezaron a pasar cosas extrañas en cuanto empezó la fiesta, que fue tremenda.
         Habíamos hecho una olla gigante de sangría para invitar a los amigos y ellos no habían podido resistirse a la llamada de la selva, así que el bar estaba a tope de gente. Nosotros subíamos la música y servíamos sangría. Todo iba sobre ruedas.
         Detrás de la barra había un pasillo que daba a la cocina y mi madre y otras cocineras estaban sentadas en un extremo de este pasillo, recuperándose del día de trabajo, tomando algo fresco o cenando. Las luces del pasillo, las del despacho  y las del almacén comenzaron a encenderse y a apagarse solas. Desde sus sillas y banquetas las cocineras miraban asombradas hacia los interruptores que estaban al final del pasillo. Las puertas estaban abiertas y todas veían con claridad que no había nadie allí. Nos llamaron para que lo viéramos. Yo mismo me acerqué para comprobar que no había nadie que de alguna forma estuviera haciendo la gracia. Allí no había nadie.
         Habíamos dejado la barra sola, así que aunque estábamos alucinados tuvimos que volver a escanciar sangría. Entonces, una balda de cristal donde estaban algunas de las botellas estalló y las botellas cayeron al suelo. Aquellas eran unas baldas de cristal gordas como un dedo y en todos los años que llevábamos allí nunca se había roto ninguna. Fui a recoger los cristales y, para mi sorpresa, noté que estaban calientes. No había ninguna vela ni ninguna fuente de calor cerca. También se apagaron algunas pequeñas lámparas de la barra que, por miedo, no volvimos a encender. Mientras tanto la sangría corría como las aguas del Ganges.        Explotó una segunda balda de cristal y de nuevo al recogerla los trozos estaban calientes. No sabíamos cómo parar aquello, así que se me ocurrió bajar un poco la música y la cosa se calmó en seco.
         Los demás días de las fiestas anduvimos con más cuidado con el volumen. Mi padre, como siempre, compró unas flores que pusimos en un gran jarrón en la barra y a partir de allí nuestra relación con los demás habitantes fue poco a poco a mejor.


viernes, 7 de junio de 2013

Fotos viejas



         Cuando uno echa la vista atrás recuerda personas importantes, sucesos buenos o malos, lugares, viajes, situaciones anecdóticas y épocas determinadas.
         De las épocas por ejemplo se suele recordar un ambiente que las caracteriza, un tipo de luz, gente y cosas del momento, pero todo es muy general, poco concreto, al menos hasta que se empieza a tirar y a tirar del hilo a fondo para llegar a los detalles.
         Pero los momentos concretos se pierden en nuestra memoria, sobre todo esos que, por no ser determinantes, no se quedan grabados con tanta fuerza.
         Es una pena, porque la vida está llena de momentos tranquilos e incluso felices que se pierden por no ser tan “importantes” y son estos precisamente los que merece la pena recordar.
         Afortunadamente, para evitar esta chapuza que hace el cerebro están las fotos viejas. Benditas sean.


         Esta foto me la pasa mi hermana Elena. Ya no me acordaba de que era posible reír así, con esa energía, con esa inocencia y, sobre todo, con esas ganas.






jueves, 6 de junio de 2013

El tabique.

         Mi abuelo Enrique, al que debo mi nombre, estuvo destinado como ingeniero de caminos en muchos sitios y pasó una temporada en Soria. Así fue cómo la familia se vinculó a esta provincia. Allí nacieron varias de mis tías y con los años todos acabamos veraneando en un pueblo llamado Vinuesa.
         No sé por qué razón el abuelo había comprado hace muchos años una casa en Cidones que llevaba décadas sin habitarse y allí se desplazaban “los mayores” para organizar juergas evitando así que los niños les fuéramos persiguiendo por los bares del pueblo.
         Aquella noche debía de haber muchos amigos que habían llegado de Madrid y de otros lugares. Los invitados tenían que repartirse entre dos habitaciones y no se veían entre ellos. Aquello no podía ser. Aun así, la cosa entre la cena, las copas y los guitarreos fue poniéndose fina, fina. En estas, Ana (que es mi madre) y mis tías María Isabel, Alicia y Marga decidieron que aquella habitación era muy pequeña y que la otra también. Imagino la conversación:

                   Ana: Oye, ¡cuánta gente ha venido!
                   María Isabel: No, no, tampoco estamos tantos. Es que estos dos cuartos son muy pequeños.
                   Alicia: Eso está claro, ya lo decía yo hace años, ya.
                   Ana: Pues esto hay que solucionarlo.
                   María Isabel: Pues eso, cuanto antes.
                   Alicia: Pues chica, ahora que estamos las cuatro es el mejor momento.
                   Marga: Pues es verdad, ¿para qué vamos a tener dos cuartos cuando podríamos tener uno grande y bueno? Además, si es que hemos venido para vernos con todos. No vamos a estar todos de aquí para allá y de allí para acá.

         De repente las cuatro pusieron sus ojos en un banco corrido de esos que se ponen en las mesas grandes. Entonces Marga dijo: “Estamos pensando lo mismo, ¿no?” Y las otras, al unísono: “¡Pues claro!”
         Viendo que estaban plenamente de acuerdo se dirigieron hacia el banco y les dijeron a las personas que estaban allí sentadas: “¿Os podéis levantar un momento, que necesitamos el banco? Enseguida os lo devolvemos, no tardamos nada”.
         Los invitados se levantaron y entonces entre las cuatro cogieron el banco a modo de ariete y se liaron a porrazos con la pared como si estuvieran en el asedio a un castillo. En un cuarto de hora tiraron el tabique entre el asombro y los vítores de los invitados.
         No penséis que lo hicieron de cualquier manera. Tan solo tiraron la parte de arriba, porque lo que querían era poder ver a todos los amigos juntos. Tirando solo la pared hasta la altura de la cintura y poniendo unas mantas encima para no hacerse daño con los ladrillos rotos se lograba además tener una barra donde apoyarse y beber más cómodamente las copichuelas.
         Un día hace poco, comentando la jugada en una reunión familiar, las cuatro se ratificaban en su acción:

                   Ana: Es que estaba clarísimo que había que tirarlo.
                   María Isabel: Pues además quedó todo muy bien y muy cómodo.
                   Marga: Es que la gente, como no piensa, pues no se le ocurren estas cosas y así tienen las casas de incómodas.
                   Alicia ¡Anda que, lo que nos tuvimos que oír luego de los madrileños esos que vinieron! Si es que la gente no tiene de qué hablar, como si no hubieran tirado un tabique en su vida. Desde luego...


         Rodeado de esta familia, de la cual me enorgullezco, viví situaciones asombrosas. Hoy día me acuerdo de algunas y me doy cuenta ahora, pero solo ahora, de que aquello puede que no fuera  “lo normal”. No sé si las cosas eran normales o no, pero lo pasamos muy bien y, claro, así hemos salido.

miércoles, 5 de junio de 2013

La chica de la limpieza.

           Cuando fui a vivir a aquella casa tan antigua una amiga mía, que entendía de estas cosas, me recomendó fervientemente que pusiera la cama debajo de alguna ventana para estar protegido de los espíritus. No me dijo por qué esto era más seguro, pero como el cuarto era grande y no me costaba nada hacerle caso, seguí su consejo por si las moscas y allí estuvo la cama todos los años que dormí en aquel edificio.
         No sé si fue por eso, pero aquella temporada dormí poco, como siempre, pero sin sobresaltos ni más pesadillas de las habituales.
         Por aquella casa-restaurante pasaron personajes alucinantes. Una de estas personas era una chica que nos hacía la limpieza de nuestra casa. Era pelirroja, bajita, algo rellenita, con unos ojos azules y una sonrisa algo inquietantes. No recuerdo su nombre ni de dónde había salido. Siempre la vi con una bata de rayas azules y negras tipo pescadero.
         Hacía bien su trabajo, pero tenía una manía que a mi madre,que aparte de llevar la cocina, es decoradora, le sacaba de quicio: le daba por cambiar los muebles de sitio sin consultar ni pedir permiso. Nadie sabe cómo movía aquellos muebles enormes siendo tan pequeña, ni cómo le daba tiempo a limpiar y a mover ella sola alacenas llenas de platos, armarios roperos, mesas de comedor con sus sillas, sofás, librerías repletas, sillones orejeros... Todo lo que era susceptible de ser movido tarde o temprano, ella, acababa moviéndolo, Mi madre, que estaba hecha a todo, al final ya ni se inmutaba. No sé cómo aguantó semejante intromisión en su intimidad, pero lo hizo.
         Un día subí a mi cuarto y vi que la cama no estaba en su sitio. Como aquel día estaba por ahí le pregunté: “Oye, ¿cómo es que has movido mi cama de sitio?” A lo que ella respondió, "Es que he pensado que aquí en el rincón estarás mejor y más caliente ahora que llega el invierno, porque esa ventana además no cierra bien. La verdad es que tenía razón en todo. El sitio era más cálido, más acogedor. Era cierto que la ventana no cerraba bien. Total, que le hice caso olvidándome de los sabios consejos de mi amiga.
         Aquella misma noche tuve una espantosa pesadilla, no tanto por el contenido si no por la intensidad. Soñé con un fantasma que llevaba unas botas negras. Desde el medio de mi habitación el fantasma dio un salto y cayó con una bota a cada lado de mi cabeza. Después, en mi sueño, yo veía cómo en el cristal empañado de la ventana estaba escrita la palabra "Extranus". Me desperté muy angustiado, cogí mi diccionario de latín y busqué la palabra. En el diccionario se leía: "Extranjero, de distinta nación o familia. De fuera de este mundo".
         Coloqué la cama en su lugar y le prohibí a aquella chica que volviera a entrar en mi cuarto. Y poco a poco volví a conciliar mejor el sueño.